La muerte del rock


Durante una entrevista reciente, un reputado guitarrista me argumentaba que el rock como fenómeno de masas murió hace ya mucho tiempo. «En el pop tienen a Lady Gaga”, me dijo, “pero en el rock, la última gran estrella mediática fue Kurt Cobain. Después, ya no hubo nada».


No le faltaba cierta razón. Claro está que ha habido –y sigue habiendo– multitud de propuestas interesantes dentro del género, pero los grandes iconos de antaño brillan hoy por su ausencia. Apenas hay rock en las emisoras comerciales, y los únicos grupos capaces de llenar estadios triunfaron, en su mayoría, durante épocas de mayor esplendor musical. También de mayor monopolio de los medios de transmisión cultural por parte de una industria hoy en horas bajas.


De niño, yo soñaba con ser una estrella del rock. Emular a Jim Morrison, Freddie Mercury o Axel Rose, cuyos estribillos cantaba ante el espejo. Hoy los críos sueñan, como mucho, con imitar los pasos de baile del Justin Bieber de turno. ¿Significa eso que el rock ha muerto? No. Al fin y al cabo, siempre se encontró cómodo en las profundidades del underground.

 

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